1 de mayo. El día en sí iba a ser un palizón. Por la mañana ya no hicimos nada. El ferry salía sobre las 11:30, así que tampoco daba para mucho. Nos acompañaron al muelle y, después de cambiar nuestro boucher por los tickets, subimos a bordo.
Hora y media nos separaba de Krabi. Una vez allí, había que buscar el bus que nos llevara al muelle desde donde salía el ferry hacia Koh Samui y Koh Phangan, el cual todavía no sé como se llama...
En el muelle de Krabi nos subimos en un minibús que nos llevó a una estación de autobuses, si se le puede llamar así, porque casi parecía una nave abandonada... En un momento entre estos dos sitios descuidé el cuadro que llevaba atesorando como si fuera el anillo y yo Frodo, y lo perdí... Espero que al que lo encontrase le quede de puta madre...
Buenos, pues nos metimos en el bus (otra tartana) y nos dispusimos a estar otro par de horas, por lo menos, sentados. Como salimos tarde, llegamos un pelín tarde. Fue llegar y meternos corriendo en el nuevo ferry, que al parecer nos estaba esperando. Y otra hora y media de trayecto... Al menos llegando nos pilló el atardecer, con las islas del Parque Nacional Marino de Ang Thong de fondo. Un cielo impresionante.
En el muelle nos esperaban un par de trabajadoras de nuestro hotel, el Drop In, que se encargaron de llevarnos al mismo. El camino, hacia el final, consistía en una sucesión de subidas y bajadas igual de pronunciadas; lo que sumado a la forma de conducir de toda esta gente, nos hacía ir un pelín intranquilos en la parte trasera del todo-terreno.
Al fin llegamos al hotel e hicimos la entrada. Eso sí, después de ir a sacar money a un cajero. Nos acompañó un botones a la habitación, perdiéndonos por el camin un poco y descubrimos que posiblemente nos habían dado la peor habitación que tenían. Y eso que tenían todo el hotel para escoger... Que estaba vacío!! Bueno, no del todo... Aparte de una clienta más, teníamos unas cuantas compañeras de habitación: arañas. A alguna estuve a punto de ponerle nombre de lo crecidita que estaba. El descubrimiento lo hizo Anna y yo me reía de ella por no querer estar en el cuarto de baño con el bicho. Reí hasta que la vi. Pero bueno, hice un poco de búsqueda, acoso y expulsión y me libré de todas (creo), aunque la más grande se me resistió hasta el día siguiente.
Al acabar de todo nos fuimos a cenar a algún sitio fuera del hotel. Mientras paseábamos nos dimos cuenta de que no había el movimiento que esperábamos por la zona. A ver, se supone que es una zona de fiesta y, fiesta, lo que se dice fiesta no parecía haber mucha.
Elegimos un restaurante para cenar, con wi-fi, para ponerme al día, y con una televisión dando Los Simpson continuamente. Y cuando digo continuamente quiero decir que el día siguiente todavía estaba dando vueltas al dvd.
Después de cenar nos pusimos a dar vueltas. Pasamos por un sitio donde iba a comenzar un combate de muay thai y había un RR.PP. informando a la gente que pasaba (o sea, nosotros y poco más), pero nos decantamos por seguir nuestro camino y ver si había más vida de lo que en un principio parecía. Y sí, algo más de vida había, pero tampoco para tirar cohetes. No daba precisamente para un fiestón, sinó más bien para tomarte un par de copas por la arena de la playa viendo a los demás guiris (aunque aquí nosotros también nos considerásemos guiris) pillarla un poco.
Bajando por una de las calles que lleva a la playa nos fijamos en un local de tattoos; en los dibujos que había expuestos, más tradicionales de tailandia que los otros que habíamos visto hasta el momento. La cosa quedó ahí y nos fuimos, pero luego quise volver y mirar los dibujos. No porque tuviera en mente hacerme nada, sino por el simple hecho de verlos. Pero al entrar al local, que estaba vacío, vino la mujer del bar de al lado, amiga del tatuador, a interesarse y llamó al susodicho. Ya que estaba allí me puse a preguntar precios y me fui animando. Mi cabeza se puso a maquinar a ver donde podía hacerme otro tattoo y al final, no sé como, me vi recostado en la butaca con el brazo extendido y con el chico dibujando en él el modelo elegido. Luego vino la preparación del bambú y la oración antes de ponerse al tajo por ser un motivo religioso. Anna no se lo esperaba y se puso blanca (más) cuando dije que me iba a tatuar en ese instante. Estaba mucho más nerviosa que yo.
Los locales dedicados a los tattoos suelen tener una entrada bastante grande, por llamarlo de alguna manera, porque en realidad no hay ni puerta; esto implica que los que pasan por la calle te ven simplemente girando la cabeza hacia el interior. Hasta tuve expectadores dentro de la tienda durante un rato.
Mientras me iba pinchando íbamos hablando entre todos, con la mujer del bar, que era la que dominaba el inglés y el tatuador, lo que se podía, y teníamos un muy buen rollo. Anna quería hacerse una rasta e iba como loca preguntando. Aquí conocían a una chica que las hacía y se ofrecieron a acompañarnos cuando acabara con lo mío. Después de una cervecita yo, un wiskazo él y unos toques finales al dibujo, dimos por finalizado el trabajo. Y tengo que decir que muy satisfactoriamente.
Ahora le tocaba a Anna y su rasta, y como teníamos que ir a otro lugar un poco apartado, fuimos en moto. Pero al estilo Thai, los 3 en una scooter. Casi nos la pegamos en la primera curva, pero aún así, fue muy graciosa toda la situación en sí. Total, para luego no interesarle lo que le vendía la peluquera.
Hora y media nos separaba de Krabi. Una vez allí, había que buscar el bus que nos llevara al muelle desde donde salía el ferry hacia Koh Samui y Koh Phangan, el cual todavía no sé como se llama...
En el muelle de Krabi nos subimos en un minibús que nos llevó a una estación de autobuses, si se le puede llamar así, porque casi parecía una nave abandonada... En un momento entre estos dos sitios descuidé el cuadro que llevaba atesorando como si fuera el anillo y yo Frodo, y lo perdí... Espero que al que lo encontrase le quede de puta madre...
Buenos, pues nos metimos en el bus (otra tartana) y nos dispusimos a estar otro par de horas, por lo menos, sentados. Como salimos tarde, llegamos un pelín tarde. Fue llegar y meternos corriendo en el nuevo ferry, que al parecer nos estaba esperando. Y otra hora y media de trayecto... Al menos llegando nos pilló el atardecer, con las islas del Parque Nacional Marino de Ang Thong de fondo. Un cielo impresionante.
En el muelle nos esperaban un par de trabajadoras de nuestro hotel, el Drop In, que se encargaron de llevarnos al mismo. El camino, hacia el final, consistía en una sucesión de subidas y bajadas igual de pronunciadas; lo que sumado a la forma de conducir de toda esta gente, nos hacía ir un pelín intranquilos en la parte trasera del todo-terreno.
Al fin llegamos al hotel e hicimos la entrada. Eso sí, después de ir a sacar money a un cajero. Nos acompañó un botones a la habitación, perdiéndonos por el camin un poco y descubrimos que posiblemente nos habían dado la peor habitación que tenían. Y eso que tenían todo el hotel para escoger... Que estaba vacío!! Bueno, no del todo... Aparte de una clienta más, teníamos unas cuantas compañeras de habitación: arañas. A alguna estuve a punto de ponerle nombre de lo crecidita que estaba. El descubrimiento lo hizo Anna y yo me reía de ella por no querer estar en el cuarto de baño con el bicho. Reí hasta que la vi. Pero bueno, hice un poco de búsqueda, acoso y expulsión y me libré de todas (creo), aunque la más grande se me resistió hasta el día siguiente.
Al acabar de todo nos fuimos a cenar a algún sitio fuera del hotel. Mientras paseábamos nos dimos cuenta de que no había el movimiento que esperábamos por la zona. A ver, se supone que es una zona de fiesta y, fiesta, lo que se dice fiesta no parecía haber mucha.
Elegimos un restaurante para cenar, con wi-fi, para ponerme al día, y con una televisión dando Los Simpson continuamente. Y cuando digo continuamente quiero decir que el día siguiente todavía estaba dando vueltas al dvd.
Después de cenar nos pusimos a dar vueltas. Pasamos por un sitio donde iba a comenzar un combate de muay thai y había un RR.PP. informando a la gente que pasaba (o sea, nosotros y poco más), pero nos decantamos por seguir nuestro camino y ver si había más vida de lo que en un principio parecía. Y sí, algo más de vida había, pero tampoco para tirar cohetes. No daba precisamente para un fiestón, sinó más bien para tomarte un par de copas por la arena de la playa viendo a los demás guiris (aunque aquí nosotros también nos considerásemos guiris) pillarla un poco.
Bajando por una de las calles que lleva a la playa nos fijamos en un local de tattoos; en los dibujos que había expuestos, más tradicionales de tailandia que los otros que habíamos visto hasta el momento. La cosa quedó ahí y nos fuimos, pero luego quise volver y mirar los dibujos. No porque tuviera en mente hacerme nada, sino por el simple hecho de verlos. Pero al entrar al local, que estaba vacío, vino la mujer del bar de al lado, amiga del tatuador, a interesarse y llamó al susodicho. Ya que estaba allí me puse a preguntar precios y me fui animando. Mi cabeza se puso a maquinar a ver donde podía hacerme otro tattoo y al final, no sé como, me vi recostado en la butaca con el brazo extendido y con el chico dibujando en él el modelo elegido. Luego vino la preparación del bambú y la oración antes de ponerse al tajo por ser un motivo religioso. Anna no se lo esperaba y se puso blanca (más) cuando dije que me iba a tatuar en ese instante. Estaba mucho más nerviosa que yo.
Los locales dedicados a los tattoos suelen tener una entrada bastante grande, por llamarlo de alguna manera, porque en realidad no hay ni puerta; esto implica que los que pasan por la calle te ven simplemente girando la cabeza hacia el interior. Hasta tuve expectadores dentro de la tienda durante un rato.
Mientras me iba pinchando íbamos hablando entre todos, con la mujer del bar, que era la que dominaba el inglés y el tatuador, lo que se podía, y teníamos un muy buen rollo. Anna quería hacerse una rasta e iba como loca preguntando. Aquí conocían a una chica que las hacía y se ofrecieron a acompañarnos cuando acabara con lo mío. Después de una cervecita yo, un wiskazo él y unos toques finales al dibujo, dimos por finalizado el trabajo. Y tengo que decir que muy satisfactoriamente.
Ahora le tocaba a Anna y su rasta, y como teníamos que ir a otro lugar un poco apartado, fuimos en moto. Pero al estilo Thai, los 3 en una scooter. Casi nos la pegamos en la primera curva, pero aún así, fue muy graciosa toda la situación en sí. Total, para luego no interesarle lo que le vendía la peluquera.
Para volver reusamos subirnos de nuevo en la moto y fuimos andando. Dio la casualidad de que nuestro hotel estaba al final de la calle paralela, así que aprovechamos y fuimos a la habitación a cambiarnos para ir a tomar algo.
Como ya he dicho, el ambiente no era nada del otro mundo y tampoco había mucho donde elegir. Bajamos de nuevo a la playa y fuimos a la fiesta que había montada en la arena delante del Drop In Club, donde hacían pruebas para los que quisieses participar. Allí estuvimos un rato entretenidos con una cerveza en la mano. Un tema curioso es el sistema que usan para los cubatas: un pequeño cubo de playa con una botella de licor y del refresco al gusto. Depende de la calidad del licor el precio varía, claro.
Fuimos un rato a ver el espectáculo de fuego que había montado en otro bar y después volvimos al otro, pero no por mucho tiempo.
Al irnos, pensando que al tener el bar el mismo nombre que nuestro hotel, supuse que estaría cerca, así que cogimos un camino que no era (que nos perdimos, vaya) por hacerme caso a mi. Aparecimos un poco alejados, pero nos situamos y volvimos sin problemas al hotel, pasando por las calles casi vacías del pueblo. Menos mal que tampoco nos animamos demasiado, porque al día siguiente nos enteramos de que la policía echó a la gente de la playa a eso de las 2 de la mañana…
Y nada, a dormir que nos fuimos, no sin antes pasar revista a los demás inquilinos, y deseando y esperando no comer ninguna de esas arañas que se dicen que tragamos a lo largo de la vida mientras dormimos…
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