jueves, 11 de agosto de 2011

Bye Bye Bangkok

Día 7 de mayo.  Nos levantamos tarde y resacosos…  Qué decir, la noche dio bastante de sí… jej.
Una vez despejados, recogimos las cosas y las metimos en las mochilas.  Era nuestro último día allí y queríamos dejar abajo en recepción las cosas para que nos las vigilaran, ya que no era plan de cargar con todo durante todo el día.  Así pues, nos fuimos ligeros a la calle.  Nuestro primer paso era comer algo, así que fuimos a la estación de tren y nos sentamos en un local que ya conocíamos y que está muy bien.
Después de esto fuimos al metro y nos bajamos en el Lumphini Park, el más famoso de Bangkok.  Anduvimos por allí un rato, nos tropezamos con un lagarto… Bueno, Anna casi lo pisa, pero dio un salto y casi se sube a un árbol… No sé que tipo de lagarto era, pero por este parque hay hasta dragones de komodo. Y bastante grandes. Creo que si ella hubiera visto uno de esos sale del parque por patas. Fijo.
Descansamos un poco en un banco a la sombra y decidimos salir y buscar el centro comercial MBK, muy famoso.  Nos liamos un poco y nos paseamos delante de un montón de embajadas antes de ponernos por el buen camino. Recuerdo que el sol pegaba bastante fuerte, así que cuando no había sombra, sudábamos a chorro.
Llegamos a la zona del MBK, donde hay paradas de sky train y pasaba la vía por encima de nuestras cabezas.  Aquello era un hormiguero, gente por todas partes, coches y atascos, puestos y más puestos…
Justo cuando estábamos al lado, vi que en la acera de enfrente estaba el Bangkok Art and Culture Centre, que había visto en un programa de televisión. Cuando fuimos a pasar de acera para visitarlo, vimos que en la puerta del MBK habían montado un escenario y había gente cantando, pero pensamos en verlo después.
Entramos y dimos una vuelta. Las últimas plantas estaban dedicadas a Graffitis, y muy buenos. Había otras cosas montadas, pero esto es lo que más nos llamó la atención.
Salimos y fuimos hacia el otro lado.  Cruzamos por el paso elevado y nos dirigimos hacia el escenario. Entonces nos dimos cuenta que lo que habían montado era una especie de convención manga o animé, ya que había gente disfrazada de personajes de animación por todas partes. Gente con la vestimenta más variopinta, algunos con más acierto que otros, pero bastante trabajados en general. Lo del escenario debía ser un concurso de cantar canciones de los dibujos, supongo.  Muy curioso todo, la verdad, pero entramos dentro del centro comercial.
Dentro hay tiendas por todas partes y de todas clases.  Yo creía que por ser un sitio cerrado los precios serían más elevados y la ropa sería de verdad, no pirata.  El caso es que no, allí todo va igual que en los mercadillos de la calle.  Y no lo entiendo, porque se supone que el gobierno de Tailandia, mira mucho lo de la piratería… en teoría…
El caso es que compramos un par de cosillas que nos faltaban y al bajar nos paramos en la misma cadena japonesa del Tesco-Lotus de Suratthani a tomar un tentempié. Todavía nos quedaban unos cuantos platos por probar, y todavía nos quedarán para cuando volvamos a venir...
Después de esto, cogimos el metro y volvimos al hostel. Íbamos mal de tiempo y les fuimos a decir que si podíamos dejar la maleta un par de horas más. No hubo ningún problema, así que volvimos al metro y nos dirigimos a un mercado nocturno diferente:  el Vespa Market.
Cuando llegamos lo estaban acabando de montar.  Aquí hay ropa usada, trastos varios, comida, bebida,… y el doble de Jack Sparrow…  Sí señor, idéntico, pero en thai.  Y, o es un flipado, o algo hay; porque tenía un portátil abierto con fotos suyas caracterizado y en escenarios raros.  Ya pondré una foto…
Nos fuimos de aquí y cogimos el metro.  Habíamos quedado con nuestros amigos en Chinatown para dar una vuelta por los puestos y cenar algo, pero no les gustó mucho la idea de comer de los puestos callejeros y pillamos unos tuk-tuk para ir a Patpong.  El otro mercado, con ropa falsa y con los pesados de los ping pong show, pero bastante mejor.  Anna y yo íbamos con la hora pegada al culo.  Dimos una vuelta con ellos por los puestos y cenamos en un KFC algo rápido.  Después de esto nos despedimos deseándoles un buen resto de viaje (3 semanas casi… ainx) y nos fuimos a coger el metro para Chinatown de nuevo.
Una vez allí, fuimos al hostel y cogimos nuestras pertenencias.  Pasamos por un 7-Eleven a comprar un par de cosillas y paramos un taxi.
Después de una carrera a lo loco, nos dejó en la terminal, le pagamos y nos quedamos allí parados, pensando en que sí, que había llegado el final…
Fuimos a facturar y de allí a la puerta de embarque.  Nos gastamos nuestros últimos Baht en sendas cervezas, que nos sirvieron de despedida, y nos fuimos a esperar para entrar en el avión, en el cual comenzábamos un regreso a casa de casi 13 horas…

De Nuevo en Bangkok, como en Casa…

Día 6 de mayo.  Hoy toca el regreso a Bangkok y quedar con nuestros amigos para celebrar como Dios manda, aunque hayan pasado unos días, mi cumpleaños. Me queda la espinita de haber estado en una Phangan en horas bajas y aquí pienso desquitarme… Vaya que sí…
Para empezar nos toca un madrugón de los buenos. Habíamos quedado a las 6 para ir al aeropuerto con el conductor del tuk-tuk y nos levantamos un rato antes. Cuando bajamos a recepción ya estaba allí esperándonos. Devolvimos la llave y nos metimos en la parte trasera de aquella furgoneta, dispuestos a golpearnos con el techo a cada bache que pillásemos. Afortunadamente las carreteras están en muy buenas condiciones y no sufrimos demasiado, pero aún y así, alguna buena nos llevamos.
El aeropuerto de Suratthani es bastante pequeño y una vez dentro no tienes problemas para orientarte. Nos dirigimos a facturar las maletas y luego nos dedicamos a esperar mientras damos cuenta de las galletas y pastas que llevábamos para el desayuno. Cuando ya no sabemos que hacer vamos a pasar el control de pasaportes y nos vamos directos a la puerta de embarque a esperar a nuestro vuelo. Estando esperando pasa una azafata de Air Asia para ver nuestras tarjetas de embarque y así adelantar faena, lo que veo muy bien. Llegado el momento de embarcar el proceso se lleva a cabo en un momento y, una vez dentro del avión, no esperamos casi nada para despegar. Y así, casi sin darnos cuenta, estamos otra vez en el aeropuerto de Bangkok, recogiendo las maletas y yendo a la parada del City Line para que nos lleve al centro. Como la vez anterior, tenemos que hacer un transbordo y coger el Metro para poder llegar a  la estación de Hua Lampong. Teníamos pensado quedarnos en el mismo hostel de Chinatown, pero cogemos otro que está en la misma calle que parecía estar mejor.
Después de acomodarnos un poco nos fuimos hacia la parada del ferry de Chinatown.  Queríamos ir a uno de los tantos mercados flotantes que hay por la ciudad, aunque sin saber muy bien como llegar a él.  Nuestros conocimientos se basaban en las explicaciones de la guía y lo que nos decía era que teníamos que bajar en la última parada y poco más… y eso hicimos, bajamos en la última, cruzamos a la otra orilla con un transbordador y… no encontramos nada de nada.  Preguntamos en una óptica pero no entendían nada de inglés (y cuando digo nada, es nada de nada), así que desistimos, volvimos a cambiar de orilla y cogimos el ferry de nuevo.
Bajamos en la zona del Gran Palacio, ya que queríamos cruzar hasta el Wat Arun para comprar una figura de Ganesha. La compramos y aprovechamos para comprar unos regalos más que faltaban en la otra orilla, la del Wat Pho.
Después de esto nos fuimos a comer algo al mercado que montan al lado del Gran Palacio, a un puesto al que le teníamos echado el ojo de la otra vez, y ya puestos, de alguno de los alrededores…
Cuando nos cansamos de dar vueltas por la zona, cogimos el bus y nos bajamos por Chinatown. Decidimos ir caminando hacia el rascacielos más grande de toda Tailandia, el Baiyoke, con su porrón de metros.  Mientras nos iba oscureciendo nos íbamos dando cuenta de que no estaba tan cerca como pensábamos.  Habíamos quedado con nuestros amigos en llamarnos para quedar para la noche y celebrar mi cumpleaños y se nos estaba echando el tiempo encima.  Visto lo visto, cogimos un tuk-tuk que nos dejó en la misma puerta del edificio.  Compramos las entradas para subir, creo que por unos 250 Baht, con bebida incluida en el bar del mirador y, después de hacer un rato de cola, accedimos al ascensor que nos dejó en una de las plantas más altas.
La verdad es que ahora no me acuerdo muy bien de cómo iban los números, pero te dejaban en una planta, donde había otro ascensor que te subía otras 2 o 3.  En esta planta es donde se encontraba el bar, y es donde tomabas las escaleras por las que accedías a un mirador sin cristales y que giraba.  Hicimos un poco de visita por las 3 plantas a las que tienes acceso y después de tomarnos una copa en el bar, bajamos a la calle.
Al girar la esquina de la manzana, hay una parada de metro.  Nos venía de muerte, ya que nos dejaría al lado del hostel.  Cenamos en un local bastante cutre que estaba bastante cerca y nos fuimos a duchar para salir a disfrutar de la noche de Bangkok.
Habíamos quedado con nuestros amigos en KhaoSan Road, la calle de los mochileros, y para llegar tuvimos que coger un tuk-tuk. Nada más apearnos y mirar hacia la calle los vimos pasar por delante y fuimos a su encuentro.  Tengo que decir que hay mucha fiesta en esta zona, y gente de todas las nacionalidades.  Nosotros cogimos una Chang y empezamos la noche…

jueves, 23 de junio de 2011

De Koh Samui a Surat Thani

Día 5 de mayo. No aprovechamos demasiado la mañana que teníamos libre antes de irnos. Caía un sol de justicia y de lo que menos teníamos ganas era de estar bajo él. Así que nos limitamos a ir a un local de cambio de moneda y volver al hotel, a la protección del aire acondicionado de la habitación.
Nos venían a buscar al hotel sobre las 12, pero en la línea de estos chóferes, llegó media hora tarde. Luego nos llevó de ruta por la isla, recogiendo a más pasajeros, hasta llegar al muelle en Thong Yang (no sé si es el nombre del muelle o de la zona) desde donde salía el ferry hacia Don Sak.
En este caso a nosotros no nos pusieron ningún tipo de adhesivos. Supongo que porque nos quedábamos en Surat Thani. A algunos de los otros pasajeros, por ejemplo, les pusieron Bangkok y pararon antes para esperar a otro bus que les llevara hasta el destino final.
Metimos las maletas en el autobús en el muelle de salida directamente, ya que venía con nosotros en el ferry. Lo dejamos en la entrada y lo recogimos en la parada de bus en Don Sak.
Después de unas cuantas horas, entre ferry y bus, llegamos a Surat Thani. En la parada ya nos estaban esperando multitud de tuk-tuks ofreciendo sus servicios. Negociamos con él el trayecto hacia el hotel y también el de la mañana siguiente para llevarnos al aeropuerto. Le pagamos una parte cuando nos dejó en el hotel y rezamos porque viniera a la mañana siguiente a buscarnos…
Llegando al hotel dentro del tuk-tuk observamos la zona y vimos que no había prácticamente nada alrededor; sólo un centro comercial, un Tesco-Lotus, que iba a ser nuestra salvación de un aburrimiento extremo.
Después de hacer la entrada y dejar las maletas, nos fuimos para el centro comercial a dar vueltas y más vueltas. La verdad es que tampoco daba para mucho, porque los precios eran más occidentales al ser tiendas normales, pero nos dio la posibilidad de ver a los tailandeses en su día a día. Éramos los únicos farangs del lugar, a excepción de una pareja que vimos de pasada y que justo salía por la puerta. Creo que no están muy acostumbrados a ver extranjeros por allí, porque no paraban de mirarnos. Además que casi nadie hablaba inglés, así que lo hacíamos todo en plan indio.
Nos metimos en la zona de supermercado a comprarnos el desayuno para el día siguiente, ya que nos levantábamos demasiado temprano como para aprovechar el del hotel. Es increíble la cantidad de variedad de todo que tienen estos orientales. Desde galletas hasta fideos instantáneos. Tendrías que estar un mes desayunando, comiendo y cenando fideos para probar todas las variedades que tienen…  Luego está el tema del arroz, allí no se andan con tonterías, los paquetes son de 5 kgs por lo menos.
Después de investigar un poco nos fuimos a comer algo a un restaurante de una cadena japonesa que había en la planta baja, Hachi-Ban Ramen, y que en su logo tiene un 8 dentro del un círculo. Te ponen unos cuencos de fideos con carne que quitan el sentío!
Una vez tuvimos el estómago lleno, fuimos a dar una última vuelta por el centro comercial, a ver si le podíamos sacar algo más de jugo, pero aquello no daba más de sí y nos fuimos caminito del hotel.
Qué decir que aquello estaba más que muerto, así que después de estar batallando con los mosquitos un rato en la puerta, nos fuimos definitivamente a la habitación. Después de todo, habíamos quedado a las 6 de la mañana con el tipo del tuk-tuk…

viernes, 10 de junio de 2011

Bajo el Sol Abrasador

Día 4 de mayo. Para este día se barajó la posibilidad de hacer una escapada de un día al Parque Nacional Marino de Ang Thong, pero la perspectiva de estar todo el día en un barco y la paliza que ello conllevaba, unido al coste de la misma (entre 35 y 42€ por cabeza) nos lo quitó de la cabeza. Pensamos que lo mejor sería que al final pasáramos el día de relax en la playa y poca cosa más. Bueno, sí, una cena en una de las muchas braserías que había a pie de calle, a la que habíamos echado el ojo la noche anterior.
Con esta idea nos levantamos con la calma y nos fuimos a desayunar al restaurante del hotel. Una vez finiquitado cogimos los bártulos y no fuimos calle abajo buscando un hotel a través del cual pasar a la playa. Esta vez nos lo pensamos menos que el día anterior, ya que sabíamos como funcionaba el tema. Teníamos pensado llegar a una playa situada al sur de la principal y separada de esta por una lengua de tierra, con casas y todo; pero teníamos que salir de nuevo a la calle para ir y estábamos bastante agobiados del sol, así que nos quedamos hacia el final de la playa principal. Hay que decir que la playa en sí está un poco sucia. La zona donde pusimos las toallas era de lo mejor, supongo que porque había unos metros hasta el primer hotel. Igualmente tampoco aguantamos mucho al sol, y tuvimos suerte de encontrar la sombra de un par de árboles donde meternos, porque si no no habríamos aguantado demasiado.
Después de unos cuantos baños nos fuimos a comer. Quisimos probar un restaurante bastante simple, sin puertas, pero que el día anterior vimos que tenía bastante clientela. En verdad parecía como un puesto callejero pero con paredes. Los cubiertos estaban es un tupper en la mesa, junto a otro tupper con diferentes especias y salsas. Bastante pintoresco. Nosotros nos sentamos al lado de un altar de estos que ponen ellos, con muñecos y comida y bebida como ofrenda. Hay que decir que triunfamos, estaba todo bueno y además nos costó muy poco.
Cerca del local había una explanada bastante grande que daba a un garito de playa y a un hotel. Fuimos hacia allá con la idea de tumbarnos en la arena un rato. Ahora se estaba mejor al sol, pero ya no nos quedaban muchas ganas de playa y nos fuimos caminando por la orilla hacia el norte de la playa. Nos paramos a tomarnos algo en un bar donde estaban pinchando buena música y montando los adornos para la fiesta de la noche. Decidimos que le daríamos una oportunidad más tarde.
Nos fuimos caminando al hotel por la calle principal, esquivando a los sastres, para ducharnos y vestirnos para ir a cenar más tarde.
Cuando estuvimos listos fuimos a la brasería que teníamos calada de la noche anterior, diciendo que no a los demás camareros de los otros restaurantes que nos salían al paso y, otra vez, esquivando a los sastres…
Esta fue la comida más cara de todo el viaje, y aún así nos costó poco más de 20€ los dos. Consistía en una parrillada para dos personas, con maíz, patatas y algo más, que ahora no recuerdo.
Totalmente llenos nos fuimos a buscar el bar en el que habíamos estado por la tarde. Por la noche había mucho más movimiento y variedad de locales de ocio de todo tipo. Cuando llegamos al sitio, allí estaba el DJ dándolo todo y toda la playa llena de gente, sentada en las mesas y las tumbonas del bar. Nos pedimos un par de cócteles y buscamos un sitio donde sentarnos.
Por allí merodeaban los autóctonos haciendo negocio con cualquier cosa. Había el que te sacaba la foto con un mono o con una iguana. Los niños que te vendían collares de flores. Los que te ofrecían encender una lámpara de estas de papel que se elevan hacia el cielo. Pero lo que más me sorprendió fue que me vinieran con un Conecta-4 para apostarse 100 Baht… lo que también se ve demasiado por estos lugares es la prostitución. Me atrevería a decir que la mayoría de chicas tailandesas que había por allí se dedicaban al negocio. Se nota demasiado… Por ejemplo, nosotros vimos a un par de cuarentones, casi cincuentones, marcharse con una chica que tenía el aspecto de no ser ni mayor de edad…
Bueno, el caso es que la música era buena y estábamos entretenidos viendo el panorama, así que nos tomamos un par de cócteles antes de dar por terminada la noche. El sitio este de la playa creo que se llamaba B-Club, o algo así, pero no estoy seguro. Vale la pena pasarse si se está por Chaweng Beach. Algo interesante también de esta zona de playa es que hay multitud de locales con música en directo, así que si no estás bien en un sitio, te vas otro y punto. En casi todos puedes ver lo que se cuece dentro desde la calle, lo que también es una ventaja. De regreso al hotel nos paramos fuera de algún que otro sitio que tenía bastante buena pinta. Si decido volver por Samui, ya haré alguna ruta de bares… jeje.

koh Samui ó Aquellos Cansinos Sastres

Día 3 de mayo. Día de traslado. Pero como esta vez el ferry sale bastante tarde, nos tomamos la mañana para perdernos por las calles del Haad Rin. La verdad es que no entra dentro de nuestros planes hacer mucho gasto en las tiendas durante el tiempo que nos queda en Phangan, pero al final algo acaba cayendo… como no!
Tomamos algo fresquito en el mismo restaurante de la noche anterior y entramos en algún que otro local para hacer tiempo, ver si hay algo interesante y aprovecharnos del aire acondicionado (sobre todo por esto último), pero no hay mucha cosa que llame nuestra atención.
Volvemos caminando hacia el hotel a ver si por el camino encontramos algún sitio donde comer algo ligero antes de que nos lleven al muelle desde donde sale el ferry, pero la verdad es que, para ser un sitio turístico, la cosa está un poco parada. Total, que acabamos llegando al hotel y decidimos que lo mejor será comer allí mismo y así nos quitamos de rollos. Un punto a favor de este plan es que la piscina está allí, mojadita y deseosa de vernos dentro, y claro, no podíamos defraudarla…
Al llegar nos damos cuenta de que hay clientes nuevos en el hotel. Bueno, clientas, y tres para ser exactos. Supongo que la del día anterior se debe haber ido ya muerta de pena. Esto lo digo porque los únicos hospedados en el hotel durante estos días (que yo sepa) han sido estas tres chicas, la del primer día y nosotros dos. Y no, al parecer la culpa no es de que el hotel sea muy chungo.
Al acabar de comer, recogemos las maletas y vamos a recepción donde nos espera un chico que nos llevará al muelle. A él le pregunto que a qué se debe que se vea tan poca gente por la isla. La respuesta es bastante esclarecedora: antes y después de la Full Moon Party no va ni el Tato. Durante los días de la fiesta los hoteles están hasta la bandera, pero para ir a las demás fiestas la gente no se mueve. En definitiva, hicimos bien en no ir a la Black Moon y para la próxima ya lo sabemos, que haya luna llena…
Nota aclaratoria: Koh Phangan está muy bien para perderse unos días aunque no quieras ir de fiesta. A nosotros no nos ha importado demasiado y disfrutamos mucho de nuestra excursión en moto.
Después de iluminarnos con la información, nos dejó en el muelle en Thong Sala, donde nos tocó esperar un rato a que llegara nuestro catamarán. Llega tarde, como viene siendo costumbre del transporte tailandés, pero una vez zarpa, en media hora estamos en Koh Samui. Llegamos a un muelle montado en una playa, lo cual es bastante chocante. Parecía que veníamos de una excursión o algo así. Aunque de hecho creo que algunos de los que venían en el ferry sí que venían de una excursión de las muchas que se organizan desde Samui, porque no llevaban ni maleta ni nada. Con el ticket que teníamos nos entraba el transporte del muelle al hotel, así que nos esperamos a que saliera el minibús que nos tenía que llevar a nosotros. No me suele pasar, pero no tenía ni idea de donde llegaba el barco y donde nos tenía que llevar… Normalmente sé hasta la distancia que lo separa, pero mira, la comodidad de llevar todo preparado es lo que tiene. De todas formas, después al mirar los mapas, casi puedo asegurar que llegamos a Nathon, en la parte oeste de la isla. Nuestro hotel, The Loft Samui, está en Chaweng Beach, en la costa este, por lo que atravesamos Samui para llegar. Chaweng es la zona más turística de toda la isla y donde se reune el mayor número de locales de ocio. Como ya he comentado antes, iba poco preparado, así que nos podrían haber llevado al culo de la isla y es lo que hubiéramos conocido, así que nos habríamos conformado.
El hotel es el mejor de los que hemos visitado y es bastante céntrico. Está al lado de un mercado que suelen hacer los martes, así que tuvimos suerte, ya que tocaba el día en que llegamos.
Después de ducharnos, nos fuimos a dar una vuelta por el mercadillo para aclimatarnos un poco con el ambiente del lugar. Le echamos el ojo a alguna cosa que otra para comer (pinchos, fideos, frutas,…) pero dejamos para más tarde lo de hincar el diente y vamos a andar por la calle principal de Chaweng.
La cosa se resume en tiendas y más tiendas, casas de masajes y casas de masajes con final feliz (anda que no cantan…) y sastres... A la zona de marcha no llegamos, pero no quedaba muy lejos.
Del tema sastres acabé hasta el gorro, por no decir otra cosa. Y es que su táctica es coger a los incautos extranjeros y comerles la cabeza en la puerta de su local para luego meterlos a traición dentro. No sé cuantos lo intentaron conmigo, pero acabaron con mi paciencia. Te ven venir, te extienden la mano para que se la des y luego no te la sueltan aunque caiga una bomba al lado. Da igual que les digas que no piensas comprar trajes, ellos te dan la vara. Supongo que les debe funcionar, porque me tocó uno que, después de decirle que no iba a comprar nada, continuó hablando tonterías hasta que me dijo “aquí fuera hace mucho calor, ¿entramos dentro?” y le tuve que mandar a paseo directamente. A partir de este no le di la mano a nadie.
Bueno, el caso es que volvimos y nos metimos en el mogollón del mercado y nos pusimos a dar vueltas mirando los puestos y decidiendo de donde íbamos a comer. El primer plato estaba asegurado: unos fideos que vendían nada más entrar. Lo demás estaba por ver. Lo que quedó por probar fueron los bicho al final, pero no importa, ya se andará.
Para bajar la comida quisimos ir a la playa a andar un poco. Y hay que ver un deseo tan simple sea tan difícil de llevar a cabo. Parecía que no había calles directas a la arena. Al final optamos por atravesar uno de los muchos hoteles que bordean la playa y dejarnos de chorradas.  Algo que no se les ocurrió a una pareja de argentinos que nos encontramos al día siguiente paseando, y que después de estar allí tres días y no haber visto el agua, la desesperación les llevó a preguntarnos a nosotros que cómo coño se iba a la playa… Increíble!
Pues andamos un rato por la oscuridad de la arena y nos fuimos a tomar la última al Pub del hotel, donde estaban tocando música en directo. Un buen final de día…

Dark Mood Day...

Día 2 de mayo. Nos levantamos con la idea de alquilar una bici para ir a conocer un poco la isla. Supongo que será por las pedazo de subidas y bajadas, pero de eso en Phangan no gastan… Así que olvidamos lo de pedalear y optamos por la opción fácil y libre de esfuerzo: una moto.
En la isla hay unas cuantas cascadas y, como estábamos interesados, preguntamos en recepción cuales son las mejores para no perder el tiempo dando vueltas sin sentido. Nos subimos en la Honda (conduciendo Anna) y, con mapa en mano, cogemos la carretera y nos disponemos a quemar el asfalto o, en su defecto, la tierra, que por desgracia es lo que más abunda…
Nos dirigimos a una serie de cascadas llamadas Than Sadet. De camino nos encontramos con la casa una pareja de lugareños que viven a pie de un camino que lleva a una cascada. Aunque que no es ninguna de las que buscamos, paramos a ver lo que hay y a picar algo; y es que esta gente vivía un poco también de venderle a los turistas refrescos, patatas fritas y cosas por el estilo.
Después de esta parada continuamos por el camino que hacía rato que dejaba mucho que desear. No sé como aguantó la moto tanto… Era como un camino de cabras, pero peor.
Bueno, el caso es que nos pasamos el cruce decisivo que nos tenía que llevar a estas cascadas. Nos dimos cuenta cuando llegábamos al siguiente cruce, vamos, lo que venía siendo hacia el final. Decidimos aprovechar y darnos un baño, aunque en la segunda playa que pisamos. Primero atravesamos un pueblo y llegamos a la playa Ao Thong Nai Pan Noi, donde contemplamos el paisaje y nos mojamos los pies. La segunda playa, a la derecha de la primera (aunque al haber una lengua de tierra de por medio había que coger la carretera para ir) era Ao Thong Nai Pan Yat.  Nos costó entrar porque casi toda es semi-privada, o puede que no, pero para llegar al agua hay que atravesar o algún hotel o meterte por algún camino entre uno y otro. Nosotros localizamos una entrada y nos metimos sin pensárnoslo demasiado. Esta zona está bastante aislada y no hay demasiada gente. Tanto mejor. Parece que tengas toda la playa para ti solo.
Estuvimos poco rato ya que queríamos ir a ver las cascadas y llegar a la otra playa. Cogimos la carretera de vuelta, esta vez atentos a los cruces, y llegamos donde estaba el que pasamos de largo. Como está casi todo de obras, al pasar por donde estaban haciendo una glorieta, pasamos por alto la carretera que salía desde un lateral. Nos metimos por allí y empezamos de nuevo con los caminos de piedras, baches, surcos en la tierra y casi ningún vehículo… Parecía que éramos los únicos locos que se atrevían a ir por esos sitios dejados de la mano de Dios.
Nos paramos un par de veces en un par de sitios señalados por carteles como puntos de interés. Al lado de dichos carteles suele haber un sendero que baja por entre la maleza y que va a dar al tramo del río donde hay una cascada digna de mención. En alguna había gente bañándose. Y la verdad es que con el calor que hacía, apetecía y mucho. Nosotros nos conformamos con meter los pies y refrescarnos un poco.
Continuamos hasta llegar a un cruce en el que hacia la derecha se llegaba a la playa y hacia la izquierda daba a un mirador. Como el camino de la izquierda no parecía estar muy transitable (al menos para nuestro pepino) dejamos la moto en un lado del camino y subimos andando. Hay que decir que estaba más lejos de lo decían los carteles… O eso o el calor nos estaba machacando vivos… Vaya goterones de sudor nos caían! Menos mal que siempre llevábamos una botella de agua encima, que si no…
Bueno, el caso es que logramos llegar enteros, y nos encontramos con un conjunto de bungalows bien ordenaditos en el valle que se formaba una vez llegabas arriba. Si lo que quieres es tranquilidad, este es tu sitio. Vimos un poco el panorama y nos dirigimos a la casa principal, que también era restaurante y recepción, a preguntar. Personas no se veía ninguna, pero en su defecto nos salieron dos perro a “saludarnos”. Entonces fue cuando salió una chica y le pregunté por el mirador. Nos dijo que había que se iba atravesando la terraza que pertenecía a la casa y nos invitó a entrar. El mirador en sí consistía en una roca enorme a la que se llegaba subiendo por dos escaleras de mano hechas con bambú. Todo bastante rústico, pero tenía su gracia. Las vistas que se ofrecían eran espectaculares. Tan espectaculares como las ganas de playa que teníamos.
Volvimos sobre nuestros pasos y llegamos al cruce con la incertidumbre de si la moto seguiría allí o no (cualquiera se fía…).  Seguía… Así que nos subimos y después de avanzar un poco llegamos a nuestro esperado destino.
Había un parking, y bongalows a derecha e izquierda. En el medio estaba el restaurante y la recepción, todo junto. Pensamos en comer allí mismo, en la terraza, mirando al mar. Nos hacía falta algo de relax después de toda la mañana y parte de la tarde encima de la moto y de aquí para allá. De postre nos pedimos unos batidos y nos fuimos a los asientos exteriores, pero antes le pregunté al camarero los precios de los alojamientos en esa pequeña cala. No sé cuanto valdrán los más caros, pero los precios empiezan en 500 Baht por los bungalows más bajos (bajos porque los otros están a nivel superior físicamente, hasta llegar arriba del monte), lo que viene a ser unos 12€. Me quedo con la copla para futuras visitas. La playita no estaba muy frecuentada, supongo que por su difícil acceso, así que es perfecta para relajarse un par de días.
Después de un par de baños decidimos volver al hotel. Nos queda un camino de vuelta bastante accidentado y no queremos que se nos haga demasiado tarde.
Por fin, después de unos cuantos socavones y botes en el asiento, llegamos al hotel. Nos vamos directos a la pedazo de piscina y nos quedamos en remojo hasta que empieza a oscurecer un poco. Entonces ya nos vamos a duchar para irnos a cenar por la zona más céntrica, si es que se puede llamar así.
A todo esto, pensamos que es mejor devolver la moto esa misma tarde y así quitarnos de problemas. Al dársela se pusieron tres o cuatro a buscarle arañazos como locos, pero no encontraron nada y nos pudimos ir con nuestros pasaportes tranquilamente.
Volviendo al tema de la cena, nos decidimos por el restaurante que hay justo enfrente del de la noche anterior. Un local bastante rústico, pero que tenía hasta wi-fi. Vamos, como aquí en España… Que como no sea un Starbucks…
Durante el día y ya sobre todo durante la cena, a Anna se le fue formando una idea en la cabeza y al final se decidió a llevarla a cabo. Ya que ayer, sin comerlo ni beberlo, me dio un pronto y me hice el tattoo; ella se quedó un poco con el gusanillo y se decidió a hacerse uno ella también. No tan aparatoso como el mío y bastante menos a la vista.
Fuimos dando un paseo al local del tatuador y antes de llegar ya nos salió a saludar la chica del día anterior, la dueña del bar de al lado. Llamó al artista y éste vino al momento. Anna barajó las opciones y finalmente, después de tener claro que sólo quería la inicial de su nombre en thai y de escoger el estilo de letra, se puso en manos del tatuador. No tardó nada. Una vez terminado intercambiamos direcciones con la chica de al lado y hay pendiente enviar por lo menos una postal. Y claro está, que en caso de volver, hay que pasar a verlos.
Bajamos la calle hasta la playa y nos tomamos un par de cervezas viendo unos espectáculos de fuego que hacían allí mismo. Nuestra idea era haber ido a la Black Moon Party, pero la verdad es que yo no las tenía todas conmigo. Para ser una zona de fiesta no había demasiada gente y no quería arriesgarme en ir al sitio donde se hacía la fiesta para encontrarnos allí prácticamente solos. Esto no tendría que haber sido ningún problema si la fiesta se hubiera celebrado donde se supone que tenía que ser: en la playa de al lado de nuestro hotel, pero no.
Me explico. Nosotros estamos alojados en una pequeña península situada al sudeste de la isla.  En esta península hay una playa a cada lado:  Haad Rin Nok, que es donde se hace la famosa Full Moon Party, y Haad Rin Nai.  Nuestro hotel está justo en medio.  La isla es conocida sobre todo por la fiesta de la luna llena, pero también se hacen fiestas en las otras fases lunares: cuarto creciente, cuarto menguante y la que pillamos nosotros, la de la luna nueva (Dark Moon Party). Se supone que esta fiesta se hacía en la Haad Rin Nai. Bueno, yo tenía entendido eso, pero estaba equivocado; y como yo, la que nos organizó los hoteles.  La tipa nos iba a coger el hotel cerca de la fiesta y al final ésta estaba en una playa situada a 5 kilómetros nada menos, en Baan Tai Beach.
Así que pasamos. Nos quedamos allí un rato más, más que nada por no irnos a la cama tan pronto, pero finalmente nos vamos. No hay más que rascar allí y tampoco se trata de perder el tiempo. Además, mucha fiesta tampoco iba a haber porque la policía suele desalojar la playa a las 2 de la mañana…

Día de Viaje y Toma de Contacto

1 de mayo. El día en sí iba a ser un palizón. Por la mañana ya no hicimos nada. El ferry salía sobre las 11:30, así que tampoco daba para mucho. Nos acompañaron al muelle y, después de cambiar nuestro boucher por los tickets, subimos a bordo.
Hora y media nos separaba de Krabi. Una vez allí, había que buscar el bus que nos llevara al muelle desde donde salía el ferry hacia Koh Samui y Koh Phangan, el cual todavía no sé como se llama...
En el muelle de Krabi nos subimos en un minibús que nos llevó a una estación de autobuses, si se le puede llamar así, porque casi parecía una nave abandonada... En un momento entre estos dos sitios descuidé el cuadro que llevaba atesorando como si fuera el anillo y yo Frodo, y lo perdí... Espero que al que lo encontrase le quede de puta madre...
Buenos, pues nos metimos en el bus (otra tartana) y nos dispusimos a estar otro par de horas, por lo menos, sentados.  Como salimos tarde, llegamos un pelín tarde. Fue llegar y meternos corriendo en el nuevo ferry, que al parecer nos estaba esperando. Y otra hora y media de trayecto... Al menos llegando nos pilló el atardecer, con las islas del Parque Nacional Marino de Ang Thong de fondo. Un cielo impresionante.
En el muelle nos esperaban un par de trabajadoras de nuestro hotel, el Drop In, que se encargaron de llevarnos al mismo. El camino, hacia el final, consistía en una sucesión de subidas y bajadas igual de pronunciadas; lo que sumado a la forma de conducir de toda esta gente, nos hacía ir un pelín intranquilos en la parte trasera del todo-terreno.
Al fin llegamos al hotel e hicimos la entrada. Eso sí, después de ir a sacar money a un cajero. Nos acompañó un botones a la habitación, perdiéndonos por el camin un poco y descubrimos que posiblemente nos habían dado la peor habitación que tenían. Y eso que tenían todo el hotel para escoger... Que estaba vacío!! Bueno, no del todo... Aparte de una clienta más, teníamos unas cuantas compañeras de habitación: arañas. A alguna estuve a punto de ponerle nombre de lo crecidita que estaba. El descubrimiento lo hizo Anna y yo me reía de ella por no querer estar en el cuarto de baño con el bicho. Reí hasta que la vi. Pero bueno, hice un poco de búsqueda, acoso y expulsión y me libré de todas (creo), aunque la más grande se me resistió hasta el día siguiente.
Al acabar de todo nos fuimos a cenar a algún sitio fuera del hotel. Mientras paseábamos nos dimos cuenta de que no había el movimiento que esperábamos por la zona. A ver, se supone que es una zona de fiesta y, fiesta, lo que se dice fiesta no parecía haber mucha.
Elegimos un restaurante para cenar, con wi-fi, para ponerme al día, y con una televisión dando Los Simpson continuamente. Y cuando digo continuamente quiero decir que el día siguiente todavía estaba dando vueltas al dvd.
Después de cenar nos pusimos a dar vueltas. Pasamos por un sitio donde iba a comenzar un combate de muay thai y había un RR.PP. informando a la gente que pasaba (o sea, nosotros y poco más), pero nos decantamos por seguir nuestro camino y ver si había más vida de lo que en un principio parecía. Y sí, algo más de vida había, pero tampoco para tirar cohetes. No daba precisamente para un fiestón, sinó más bien para tomarte un par de copas por la arena de la playa viendo a los demás guiris (aunque aquí nosotros también nos considerásemos guiris) pillarla un poco.
Bajando por una de las calles que lleva a la playa nos fijamos en un local de tattoos; en los dibujos que había expuestos, más tradicionales de tailandia que los otros que habíamos visto hasta el momento. La cosa quedó ahí y nos fuimos, pero luego quise volver y mirar los dibujos.  No porque tuviera en mente hacerme nada, sino por el simple hecho de verlos. Pero al entrar al local, que estaba vacío, vino la mujer del bar de al lado, amiga del tatuador, a interesarse y llamó al susodicho. Ya que estaba allí me puse a preguntar precios y me fui animando. Mi cabeza se puso a maquinar a ver donde podía hacerme otro tattoo y al final, no sé como, me vi recostado en la butaca con el brazo extendido y con el chico dibujando en él el modelo elegido. Luego vino la preparación del bambú y la oración antes de ponerse al tajo por ser un motivo religioso. Anna no se lo esperaba y se puso blanca (más) cuando dije que me iba a tatuar en ese instante. Estaba mucho más nerviosa que yo.
Los locales dedicados a los tattoos suelen tener una entrada bastante grande, por llamarlo de alguna manera, porque en realidad no hay ni puerta; esto implica que los que pasan por la calle te ven simplemente girando la cabeza hacia el interior. Hasta tuve expectadores dentro de la tienda durante un rato.
Mientras me iba pinchando íbamos hablando entre todos, con la mujer del bar, que era la que dominaba el inglés y el tatuador, lo que se podía, y teníamos un muy buen rollo. Anna quería hacerse una rasta e iba como loca preguntando. Aquí conocían a una chica que las hacía y se ofrecieron a acompañarnos cuando acabara con lo mío. Después de una cervecita yo, un wiskazo él y unos toques finales al dibujo, dimos por finalizado el trabajo. Y tengo que decir que muy satisfactoriamente.
Ahora le tocaba a Anna y su rasta, y como teníamos que ir a otro lugar un poco apartado, fuimos en moto. Pero al estilo Thai, los 3 en una scooter. Casi nos la pegamos en la primera curva, pero aún así, fue muy graciosa toda la situación en sí. Total, para luego no interesarle lo que le vendía la peluquera.
Para volver reusamos subirnos de nuevo en la moto y fuimos andando. Dio la casualidad de que nuestro hotel estaba al final de la calle paralela, así que aprovechamos y fuimos a la habitación a cambiarnos para ir a tomar algo.
Como ya he dicho, el ambiente no era nada del otro mundo y tampoco había mucho donde elegir. Bajamos de nuevo a la playa y fuimos a la fiesta que había montada en la arena delante del Drop In Club, donde hacían pruebas para los que quisieses participar. Allí estuvimos un rato entretenidos con una cerveza en la mano. Un tema curioso es el sistema que usan para los cubatas: un pequeño cubo de playa con una botella de licor y del refresco al gusto. Depende de la calidad del licor el precio varía, claro.
Fuimos un rato a ver el espectáculo de fuego que había montado en otro bar y después volvimos al otro, pero no por mucho tiempo.
Al irnos, pensando que al tener el bar el mismo nombre que nuestro hotel, supuse que estaría cerca, así que cogimos un camino que no era (que nos perdimos, vaya) por hacerme caso a mi. Aparecimos un poco alejados, pero nos situamos y volvimos sin problemas al hotel, pasando por las calles casi vacías del pueblo. Menos mal que tampoco nos animamos demasiado, porque al día siguiente nos enteramos de que la policía echó a la gente de la playa a eso de las 2 de la mañana…
Y nada, a dormir que nos fuimos, no sin antes pasar revista a los demás inquilinos, y deseando y esperando no comer ninguna de esas arañas que se dicen que tragamos a lo largo de la vida mientras dormimos…